lunes, 17 de diciembre de 2012

Condenados

Tú y yo lo fuimos desde el principio.
Una puta causa perdida, de esas en las que te dejas la piel solo por el afán masoquista de perder hasta las ganas de seguir latiendo.
En mi caso, me dejé la piel, el orgullo, las sonrisas y un montón de dinero en tabaco y Ballantines que bien podría haber invertido en comprar un billete a la India y escapar de ti.
Excepto que no quería irme a ninguna parte.
Lo primero que pensé cuando te vi ahí plantada esperando al autobús en pleno enero, fue que la vida tenía que ser muy perra para que tú estuvieras ahí pasando frío con la de espacio que había en mi cama para ti.
Y luego vino todo lo demás. Tu nombre y el mío grabados en los lavabos del cine. Un par de tazas de café negro, como nuestro futuro. La marca de tus dedos en mi mejilla una media de dos veces por semana, cada vez que te decía lo plano que era tu pecho.
Porque nos gustaba demasiado hacernos daño, pero al mismo tiempo seríamos capaces de tirarlo todo solo por no hacernos sufrir.
Las causas perdidas es lo que tienen. Huelen a fracaso. Saben a derrota. Duelen con locura.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

De cada gramo de tu maquillaje


Ella siempre ha sido muy suya. Y con “muy suya”, sé lo que me digo.  Independiente y autosuficiente. ¿Rendir cuentas? Solo ante sí misma. ¿Deber fidelidad? Solo a sus propios ideales. Ella se pertenece a sí misma y a nadie más. No quiere ser la novia de nadie, ni la mujer de alguien.  Ni quiere, ni lo necesita.
Yo eso lo supe nada más conocerla. Supe que de ahí saldría escaldado y con un montón de recuerdos por quemar, pero no pude evitar meterme en la boca del lobo.
Porque aquella vez, la boca del lobo tenía las piernas largas y esbeltas y una sonrisa que escondía tantos secretos como alegrías en el filo izquierdo.
Apenas necesitó de sus artes de seducción para meterse en mi casa y en mi cama. Y, aunque duela admitirlo, tampoco le costó mucho esfuerzo meterse en mi cabeza.
Era tan estúpidamente insoportable que al mismo tiempo se hacía imprescindible. Tenía más manías que un viejo, y más vicios que un drogodependiente. Pero también tenía más energía que un niño y más formas de moverse que Elvis Presley.
Poco a poco, me fui dando cuenta de que ella iba arrancando pedacitos de mí, de mis historias, de mis deseos, y que yo de ella no tenía nada. Si acaso un par de barras de labios en el mueble del baño y un jersey verde para lavar. Me di cuenta de que yo empezaba a necesitarla, y que ella…bueno, de que ella necesitaba un sitio donde quedarse y alguien que le preparara el café para desayunar.
No sé cuánto tiempo se quedó, ni siquiera sé por qué vino, ni mucho menos por qué se fue. Un día, llegué a casa después de trabajar y ni siquiera estaban ahí sus CDs de Russian Red. Y en  el lugar donde antes yo contemplaba  su reflejo en el espejo del cuarto de baño mientras se maquillaba, ahora solo había una marca de pintalabios rojo con la forma de uno de sus secretos.



miércoles, 26 de septiembre de 2012

"Hazme de todo menos falta"


Te vas. Me dejas. Lloro. Vuelves. Tus besos que saben a dinamita. Mis lágrimas que destilan temores. Tu voz. Amor para dos. ¿Vienes? Quédate. El olor de tu risa. El sonido de mi aliento. ¿Me quieres? No contestes. Amor con fecha de caducidad. Yogures más duraderos que lo nuestro. ¿Te importo? Tal vez tú a mí sí. Jerséis con olor a viernes. Libros con sabor a fresa. Suspiros. Te quiero a mi lado. Mentiras que se esconden bajo la almohada. Ilusiones revoloteando entre tulipanes negros. Si te vas, ¿qué quedará? Malas lenguas que nos condenan. Chocolate con sabor a sexo. Miedos escondidos tras las persianas. Y si te vas, ¿qué? Vete, a mí no me importa. Vino con rosas rojas. Naftalina con olor a vestidos. ¿Y si el mundo está al revés? Pinceles que dibujan en tu espalda. Lápices que me arañan la vida. Canciones con sueños entre líneas. Pentagramas con sangre entre silencios. ¿Y si me marcho yo? Niños con ganas de crecer. Adultos con ganas de ser niños. Y nosotros, que no sabemos ni lo que somos. Sudor con olor a despedida. Tomate con sabor a vodka. Estaciones que pasan demasiado rápido. Precipicios insalvables que nos apresan. Escondites entre mi espalda y tu tobillo. ¿Y qué hacemos cuando llegue el final? Gritos con sabor a sal. ¿Me quieres? Contesta ya. ¿Y si te vas? ¿Estás seguro? No te vayas, ven. Quédate. Puntos finales con tendencia a infinitos. Metro cuadrado para dos.

miércoles, 27 de junio de 2012

Imsomnio


Ella lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
-¿Era esto lo que querías? -preguntó en un agudo grito tembloroso. -¿Eh? ¿Era esto lo que querías?
Él le mantuvo la mirada, intentando con todas sus fuerzas mantener la compostura, intentando con todas sus fuerzas no desvanecerse allí mismo como un muñeco desmadejado, llorando como un niño de pecho. “Tienes que resistir”, se dijo. “Piensa que lo estás haciendo por ella”.
-¡Vamos, no te quedes callado! -ella volvió a la carga. -¡Contesta, joder! ¡Contesta!
Se mantuvieron la mirada. La de ella, llena de dolor y de rabia. La de él, rayana en la más absoluta inexpresividad.
-Sí. -dijo, con una voz tan fría que se asustó. -Sí, es esto lo que quiero.
Ella se quedó allí, quieta, petrificada, rota, deshecha, derrotada. Ella se quedó allí y le miró durante lo que parecieron horas.
Y él, él simplemente permaneció allí, parado, inexpresivo, inaccesible. Él simplemente permaneció allí observando como aquella chica que era su vida lloraba mirándole a los ojos con algo cercano al odio en la mirada.
La barrera infranqueable de sus corazones destrozados se alzaba entre ellos, haciéndose más y más grande, obligándoles a retroceder. Y sin darse cuenta, se fueron alejando. Sin darse cuenta, él dio un paso atrás, y luego otro, y otro más. Con cada paso, el olor de ella iba quedándose más y más atrás hasta desaparecer. Con cada paso, los recuerdos de los momentos vividos juntos dolían como puñales. Con cada paso, el sonido de los sollozos de ella habría brechas. Con cada paso, la muerte parecía ir adueñándose de sus entrañas.
Y de repente, sintió que si seguía así moriría allí mismo. Y de repente, sintió una necesidad tan fuerte de ir hasta ella y estrecharla entre sus brazos que le tembló el corazón. Pero no podía, ya no. Ya no podía acercarse, ya no podía volver a acariciar aquellos indomables cabellos, ya no podía volver a escuchar aquella risa que tan buena sintonía hacía con la suya propia, ya no podía acariciar aquella blanca piel, ya no podía besar aquellos hermosos labios, ya no podía dibujar en aquella misteriosa espalda. Ya no podía. Nunca más.
No lo soportó más.
Se dio la vuelta y echó a correr tan rápido como pudo, dejándose atrás, el alma, la calma y las ganas de vivir.
Y ella, tan bonita, tan perfecta, tan indefensa, se quedó allí, sin fuerzas para nada más. Sin fuerzas para llorar, ni siquiera para sostenerse.
El tiempo, ese elemento tan traicionero, tan preciso e impreciso al mismo tiempo, se apiadó de ella en aquella ocasión. Tras solo unos minutos, se armó de fuerzas para levantarse y caminar hasta su casa. Buscó en alguna que otra botella un poquito de apoyo incondicional, y se refugió en aquel rincón de su habitación en el que hicieron el amor la noche que Peter Pan decidió que era momento de abandonar el País de Nunca Jamás y convertirse en un adulto junto con Wendy. El Jack Daniels tenía una noche tonta y fue un poco traicionero, no siendo todo lo devastador que podía llegar a ser. Así que ella se quedó allí sentada, con la botella en la mano izquierda y un mechero sin gas en la derecha, uno de esos con dibujos de sevillanas que se compran en cualquier tienda de la Plaza Mayor.
El mechero se había quedado sin llama, igual que ella.